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Estudiar a los 40

Cuando terminé la carrera allá por 2004, me juré a mi mismo que nunca más volvería a estudiar. En aquella época, hace ya unos cuantos años, terminar Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos era el supuesto inicio de una vida laboral de éxito en la que el título te garantizaba un buen trabajo y un buen suelo.

Y lo cierto es que era bastante merecido: horas y horas postrado en el escritorio de mi habitación del piso de mis padres en Burgos (yo no estudié fuera de casa, ¡error!), tratando de resolver enrevesadísimos problemas de «Mecánica de los Medios Continuos», resolviendo estructuras de forma artesana por el «método de Cross», tratando de entender las demostraciones matemáticas de «Cálculo II», o memorizando textos para «Transportes» para olvidarlos en un plazo máximo de 24 horas tras realizar el examen.

Y aunque en un principio parecía que mis sueños y los de mis compañeros se iban a cumplir tras superar los estudios, llegó la crisis del 2008 y con ella la devaluación de la profesión, el encogimiento del sector de la construcción en España, los traslados «semiforzosos» a países en vías de desarrollo y sobre todo un ajuste terrible en las perspectivas de futuro para nuestro desarrollo profesional.

El caso es que 16 años después de terminar la carrera, me vuelvo a ver matriculado, esta vez en la Universidad Pública de Navarra, en el Máster en Dirección de Comercio Internacional. Al margen de mis motivaciones personales para hacer este máster, quería compartir mis impresiones sobre cómo me he sentido durante este año en el que he vuelto a ser estudiante.

En mi anterior etapa, mi principal motivación era aprobar, pasar el examen, obtener al menos un 5 y a por la siguiente asignatura. La cantidad de horas de estudio a invertir en la época de exámenes era ingente y no daba para preocuparse de otras cosas banales como el hecho de aprender. Los exámenes se concentraban en febrero y en junio y el resto del año tratabas de ir recopilando buenos apuntes y de enterarte todo lo posible de las explicaciones de los profesores, que se esforzaban al máximo por hacerse entender, pero a los que el sistema de enseñanza no les ayudaba demasiado.

En el trascurso del Máster, la evaluación ha sido mucho más continua, con tests cada semana, asignaturas cortas y elaboración de muchos trabajos. Esta forma de estudiar me parece mucho más apropiada: te enfrentas a problemas más o menos reales y aprendes, con ayuda de los profesores, a resolverlos. Me he tratado de esforzar todo lo posible porque realmente me imaginaba trabajando en una empresa enfrentándome a ellos. Mi experiencia laboral anterior me ha ayudado a decidir sobre cómo iba a ser el documento final, qué nivel de profundidad, claridad, etc debería tener. Comparado con mi época de estudiante de ingeniería, creo que algo he madurado, jeje.

Me ha gustado la forma en la que todos los contenidos están ahora disponibles en un aulario virtual. El portátil es ahora una herramienta tan obvia como lo era la calculadora hace 20 años y todo el mundo lleva el suyo; casi nadie toma apuntes en papel. De hecho, las primeras clases me llevaba las presentaciones impresas para poder escribir sobre ellas, pero viendo que era el único de la clase, decidí también pasarme a lo digital y tomar mis notas sobre los propios pdfs que me iba descargando del aulario. Esta manera de organizar el trabajo para los estudiantes es un enorme avance: se terminó el volverse loco a tomar apuntes en clase, el tener que fotocopiar apuntes al compañero si los tuyos eran ilegibles (cosa que me solía pasar a menudo), ya no hay que preocuparse por la posibilidad de destruir o perder accidentalmente algún archivador o algún tema, ni siquiera por el espacio de almacenamiento en casa. Todo es digital, de hecho, en algún momento dejé de llevar bolígrafo a clase, ¡eso es liberador!

Otra cosa que me parece un avance es la cantidad de presentaciones que hemos tenido que hacer en público; en casi todas las asignaturas; esto, que era casi una rareza en mis tiempos, ahora está normalizado y todos los alumnos tienen la posibilidad de practicar su oratoria constantemente. Y es que es bastante importante aprender a sintetizar, expresarte de forma clara, con una voz modulada, y tratando de controlar tus nervios.

El plan de estudios del Máster me ha gustado un montón; por un lado teníamos asignaturas más técnicas en las que he aprendido fundamentos del márketing (una de mis motivaciones para apuntarme al máster), del análisis de mercados, contabilidad, etc; por otro lado, otras asignaturas más dirigidas a la vida real, como la relativa a la creación de una marca personal, o la de preparación de presentaciones eficaces. Y lo que realmente me ha flipado es la utilización de nuevos avances pedagógicos como la gamificación en simuladores de marketing, o incluso juegos de tipo kahhot al estilo «Pasapalabra» o «Boom». Es muy divertido, nos hemos reído y hemos disfrutado a la vez que estábamos fijando conceptos nuevos.

Aunque no todo ha sido perfecto, por supuesto, valoro mucho el esfuerzo de la dirección del Máster, con Javier Cebollada al frente por tratar de ofrecer un plan de estudios actualizado y en consonancia con las necesidades de las empresas del mundo real. De hecho, hemos tenido seminarios con antiguos alumnos del máster que nos han trasladado su experiencia en el mundo de la Internacionalización, y hemos realizado un proyecto de internacionalización de una empresa real que ha durado todo el curso. En mi caso, de Bodega Otazu, junto con mis compañeros Laura Arive, Leyre Beroiz, Miguel Caro, Íñigo Santesteban y nuestra tutora Nuria Machicot <3. Ha sido un placer trabajar en equipo con ellos e investigar sobre el mercado del vino y aprender desde un caso real, y con la colaboración de una empresa de verdad.

Otra de las sorpresas y descubrimientos del Máster, el curso de Design Thinking, y a su extravagante profesor Íñigo Echeveste, que me transmitió su pasión por este método de innovación empresarial y de solución de problemas complejos.

Y lo cierto es que estudiar cuando uno tiene ya una cierta experiencia vital y profesional hace que realmente quieras aprender por encima de aprobar. Tratas de aprovechar las clases hasta el último minuto, preguntar todo lo posible a los profesores (para desesperación de mis compañeros de clase en algunas ocasiones), exprimir las oportunidades para tratar de hacerlo lo mejor posible y así sacar más partido al tiempo invertido.

He tenido la suerte de contar con la ayuda de mi pareja en esto para poder dedicarle todo el tiempo necesario; lo que ha redundado en, para qué ser modesto, muy buenas notas; un aumento de mi autoestima y verme otra vez capaz de reinventarme. A veces, la trituradora del mercado laboral y la rutina del día a día nos hace limitarnos demasiado y hacer un máster me ha hecho resetear otra vez y mirar más allá.

Así que si tú, lector, estás en duda sobre si volver a estudiar o no, lo cierto es que te lo recomiendo al 100%; por puro placer de aprender, de sentirte otra vez estudiante, de rodearte de veinteañeros y de sentirte rejuvenecido. Aún no tengo claro el camino que quiero recorrer en el plano profesional de ahora en adelante, pero considero que esta experiencia me ha hecho abrir la mente a nuevas oportunidades y me ha hecho imaginarme viviendo otras vidas. Veremos qué me depara el futuro…